Es un sensación diferente, como la espuma de una bebida gaseosa que en vez de menguar hasta que desaparece, crece con el tiempo. Así me sentía esta mañana en un día estadístico donde las probabilidades de lluvia y sol aumentaban y descendían aleatoriamente, algo así pensaba caminando por la prolongación de la calle Corrida casi llegando a Plaza Italia, un paseo que últimamente se repite mucho en mi deambular por la ciudad, en un caminar guiado por un pálpito, por un impulso, y volver a ver edificios o calles que llevo viendo toda mi vida, pero verlos con otros ojos, de otra manera, verlos con algo detrás, y precisamente ese algo es el tiempo y los kilómetros que llevan mis pies (no les quedará nada!), llegué a sentirme como extranjero en la ciudad donde siempre he vivido (es y será imposible que diga mi propia ciudad, aunque a punto he estado), es una pena que no pueda darle a reset y que nadie conocido exista aquí para mí, que todo vuelva a ser nuevo por primera vez, otros nuevos desengaños y alegrías, y quitarme algún que otro prejuicio de encima, sería tan idealmente apetecible que por su imposibilidad se desmorona.
Esa espuma de la que hablo lleva creciendo desde que volví de Inglaterra el agosto pasado, y me desconcierta a ratos, porque no sé qué es, sé lo que me provoca, lo que me lleva a pensar, las puertas que me ha abierto, las que me ha brindado. Ahora me siento en el muelle y saco a Herman, o a Ernest, o de vez en cuando como ese ancla en mitad de mi océano de lector de tres al cuarto, a Julio, y me tiro horas y el tiempo no pasa (no hablaré más del tiempo, no incurráis en tal preocupación) y puede haber sentado alguien en la otra cara del banco pero para mí es la cara oculta de la luna y ni siquiera me entero. Es tan fascinante, tan fascinante, si sois habituales lectores lo entenderéis, y si además os gusta escribir quizás compartáis mi frustración. Cómo compartir todo lo que se produce en una lectura (tan vulgar el libro como mejor amigo del hombre, tan común esa idea, esa metáfora), cómo compartir esas ideas, esos sentimientos, luego es posible engañar a algún amigo para que lo lea y le hablas de la lluvia que te empapa después del concierto y te sale con algo tan distinto a tu lluvia, a la lluvia que te mojó a las dos de la mañana en tu habitación, que te das cuenta de que no merece la pena, es una desilusión totalmente evitable. Me pregunto si habrá alguien a quien esa lluvia le mojase igual que a mí, si habrá alguien que equis libro le hiciera reírse en las mismas páginas que a mí, si a alguien le erizó el vello, o si alguien se le enjuagó el lacrimal con la nostalgia, y que se me permita la soez palabra pero se la merece, esta palabra con forma de baúl y todo lo que guarda en ella se la merece, la puta nostalgia, la puta nostalgia, me embriaga, me sobrecoge, no sé qué hacer, incluso cinco de cada cuatro cosas que escribo destilan un intento cutre, rancio y vulgar de nostalgia. Me pregunto si habrá alguien y no porque yo crea que tengo la correcta aprehensión de todos y cada uno de los libros que he leído, el asunto no es estar en lo cierto o estar en lo equivocado, sino lo que te transmite en sí, al margen de la obra. Se acerca y te lo susurra al oído con un timbre de voz tan suave que relaja todos los músculos de tu cuerpo, como una ráfaga de aire caliente un día templado de primavera.
Qué hacer con todo eso que ocurre en un banco con vistas al muelle habiendo tantos testigos de excepción que sólo ven a un niño leyendo un libro, sólo moviéndose para cambiar de página. La literatura, es ese el problema, el problema de que salga de casa y me cruce con alguien y en vez de seguir pensando cómo lo hacía, esa voz interior me atormente con un estilo pestilente de prosa. Ahora un edificio, una cruce entre dos calles es el marco de una historia, y yo que carezco de imaginación sufro el mito de aquel que sediento hasta morirse es incapaz de beber. El tiempo, las cosas son distintas, y yo voy disparado a lo burbuja freixenet subido en el corcho de una botella mientras toda esa espuma me lleva en volandas hacia adelante y me saca del muelle, de un paseo en bici o de Vetusta en la calle la Merced, me siento tan lejos de todo que sólo soy incapaz de escribir en primera persona del singular en mi aislamiento del mundo. Ahora incluso le encuentro sentido a Pink Floyd y no paro de escucharles. Y al final me doy cuento de que todo posee cierto sentido, llevaba tiempo esperando que llegase todo esto y ha sido la explicación ha años de frustración, ojalá que no paren y que esa espuma no pare de crecer.